Asterix y Obelix en aldeas rebeldes

Las “aldeas rebeldes” en las grandes organizaciones

En ocasiones uno descubre una aldea gala “rebelde”. Suele darse en organizaciones que parecen que han tirado la toalla, o al menos, ése es el sentir cuando se inicia un proceso de cambio. Puede ser debido al tamaño, la complejidad o al tipo de liderazgo de sus dirigentes. Estas organizaciones son como grandes barcos con una inercia tan fuerte, que generan la sensación de impotencia o desánimo cuando hay que cambiar el rumbo. En ocasiones acaban desapareciendo o van reduciendo su tamaño por haber perdido cuota de mercado y su posición de liderazgo. También es debido a que otros “barcos” más rápidos les adelantan y es el comienzo del fin. Es por ello que su ceguera, la soberbia de su tamaño o la garantía de ser pública, les hace mirar con desdén a esos nuevos jugadores.

Sin embargo, es fascinante ver cómo, en ocasiones, surgen iniciativas dentro de esos gigantes burocráticos. Son como aldeas rebeldes, es decir, un reducto, una tribu, que lejos de contaminarse del espíritu predominante de pesimismo, desánimo o resistencia al cambio, son capaces de ilusionarse, retarse y plantear iniciativas de mejora. No podrán cambiar el mundo, pero sí su micromundo, su "aldea". Y con ello a todos los que forman parte de él, o incluso ir "contagiando" al resto de la organización.

¿Cuál es el ADN de la aldea “rebelde”?

Uno intenta analizar qué genera que las aldeas "rebeldes" decidan activarse y llevar la contraria al espíritu y cultura de la organización. Y es aquí donde me atrevería a sugerir los siguientes elementos:

- Un jefe/a de departamento que permite, fomenta y estimula la “libertad organizada”. Es decir, que crea un espacio para que las personas puedan expresar sus ideas y ponerlas en marcha. Más que un controlador, es un facilitador de las iniciativas. Ya no es empowerment (que supone delegar y empoderar en aquello que él/ella defina), sino self-empowerment (las personas tienen la libertad-organizada para proponer cambios).

- Perfiles impulsores-optimistas. Estas personas son alegres, vitales y tienen un optimismo que contagia. Tienen la inteligencia emocional para superar los conflictos, perdonarse y confiar los unos a los otros. Pero sobre todo, son optimistas y tienen en su adn pasar a la acción. Cabe decir, que en otros equipos veo numerosos analistas-pesismistas que describen por qué todo va mal, pero no han gastado ni una sola neurona en ponerse a pensar “¿y qué podríamos hacer?”.

- Curiosidad y afán de aprender. Esta tribu no se queda en lo que ya saben y desde ahí ven el mundo. Al contrario. Quieren aprender, curiosear, descubrir y sobre todo experimentar. En cientos de ocasiones he formado a equipos en herramientas y metodologías para implementar el cambio, y me pregunto ¿por qué unos buscan la forma de que esto fracase, y por el contrario, otros hacen lo que sea necesario para que funcione? ¿El problema está en las metodologías y herramientas o en la actitud? Pero eso ellos no lo quieren ver.

- Propósito, aunque no lo tengan por escrito. Su porqué no es ganar dinero, o lograr objetivos materiales o de empresa. El motor de su pasión es hacer feliz a alguien, ya sean clientes, pacientes o alumnos. No quieren premios, ni aparentar. Sólo quieren la experiencia de ser coherentes a esa música interior que les hace ser felices sencillamente en la acción, en el hacer, en el presente.

- Además de todos estos elementos comentados, ven cada obstáculo, no como un problema, sino como un reto. Y eso les divierte. He visto sonrisas cómplices cuando les he provocado afirmando que eso sería imposible de conseguir. Es ahí donde activan ese “pique” personal por demostrar que uno está equivocado. Y lo hacen desde la alegría y con reflexiones como “¿qué perdemos por intentarlo?”.

Todo esto me demuestra que no existe una “cultura de empresa”. Más bien existe una “cultura de equipos”, porque dentro de una misma empresa podremos ver muchas culturas, y esto es digno de reflexionarse.

Caballo de Troya

Pero hay otro escalón más: ser caballo de Troya en la organización. Desde ahí, con liderazgo colectivo, metodología y estrategia pueden llevar a cabo una labor de “contagio” al resto de la organización.

Conversaciones en los pasillos, comidas con compañeros de otros departamentos, herramientas de comunicación interna, visitas o invitaciones a verles trabajar, son todas ellas formas de contagiar al resto. Como siempre habrá algunos que les tilden de “locos” (qué maravilloso insulto en un mundo de locos, lo que significa que estás cuerdo) o de que no llegarán a nada. Pero y ¿lo que se divierten cada mañana al llegar al trabajo y tener un reto, un imposible que cumplir?

En ocasiones puede haber metodología como son los “embajadores internacionales”. Ponemos este nombre porque supone salir de nuestro reducto para ir a visitar otros departamentos “internacionales” como embajadores del suyo (es curioso ver que a pesar de estar muchas veces al lado, parecen que están en otros países o hablan otro idioma)  ¿Y qué les proponen? Pues dos cosas: ¿qué necesitas de nosotros para trabajar mejor? Y ¿qué te pedimos para trabajar mejor? Y es ahí donde cualquier empleado se siente responsable de una misión de aprendizaje, ayuda y colaboración. No van con un cargo, van con un rol.

Es fascinante asistir a las sesiones de entrega de información, donde el equipo de "embajadores" cuentan lo sorprendidos que se han quedado quienes les recibían. ¿Por qué? Pues sencillamente por irles a ver y escucharles. Llega a emocionar lo importantes que se sienten al ser líderes del cambio, agentes de un proyecto de mejora interna e interdepartamental. Y a los jefes les veo orgullosos de ellos, de su equipo de líderes, donde su papel de facilitador (y no de controlador) permite que crezcan como personas, profesionales y compañeros de trabajo. Es crear un legado, un equipo autónomo capaz de superarse constantemente y de ver el mismo mundo que los demás, pero con las “gafas” de “nosotros qué podemos hacer para mejorar”.

Gracias por ser rebeldes. Gracias por ser “locos”. Gracias por creer que el mundo, perdón, los micromundos, se pueden cambiar.

PD: dedicado a todas las personas que forman parte de Medulares del Hospital Insular de Gran Canaria,  o los integrantes de Andalucía Emprende y Sagulpa, además de los numerosos equipos con los que he trabajado que han sido capaces de ser aldeas rebeldes en su ecosistema.

 


Etapas en la vida

En una época de cambio como la que vivimos, ¿esto nos ha hecho mejores personas y mejores profesionales? Hay vivencias que pasan por nosotros, pero nosotros no por ellas. Nos afectan en el momento, pero parece que no dejan un poso de sabiduría y humildad (¿puede existir la una sin la otra?). Para lograr esta evolución hay dos elementos que ayudan enormemente: la intensidad de las vivencias y cómo la inteligencia emocional las gestiona.

Es por ello que pasamos por diferentes etapas, cada una con un aprendizaje, si se quiere extraer, claro está. Hay personas que se quedan en el “por qué” en lugar del “para qué”. Y esto abarca tanto la vida personal como la profesional, pues ambos campos interactúan constantemente, por mucho que algunos quieran separarlos pagando una alta factura en su vida.

No hay edad para vivir estas etapas. Tampoco condición social, económica o sexual. Todos las vivimos de una u otra forma, como ese maravilloso proceso que unas veces es madurar, para ser más sabios y libres hasta de nosotros mismos, y en otras ocasiones, enconarnos en nuestra estupidez emocional reflejado en un tonto orgullo que nos impide cambiar, avanzar y evolucionar.

Posiblemente la primera etapa sea la de la “arrogancia”. En la juventud si se logra un éxito determinado, nuestro ego se apropia de ello cual trofeo. Uno considera que es fruto de su propia inteligencia, relaciones, cuna o mérito. Puede ser en cualquier ámbito, ya sea personal o profesional: el directivo que alcanza un reconocimiento por determinados logros, un escritor o cantante ante su primer gran éxito, un joven deportista encumbrado por el entorno mediático o cualquier persona en una etapa exitosa de su vida. Ello puede generar no escuchar otras voces más experimentadas y tomar decisiones inmaduras fruto de dicha arrogancia, la cual suele disfrazarse y no ser reconocible hasta la caída.

Pero todos sabemos que todo cambia. Tarde o temprano suele llegar el descenso de la montaña del éxito. Una lesión inesperada, un segundo libro que no tuvo éxito o un mercado que no responde a la estrategia diseñada, pueden ser la puerta a una serie de experiencias de un inmenso aprendizaje que sin embargo lo veamos con “desesperación”, generando una profunda crisis, una intensa desorientación y hasta un cuestionamiento personal. Ya no están los amigos que uno creía, ni el reconocimiento al que se estaba acostumbrado y hasta puede que se sienta que dicho “fracaso” es el fin de todo. Pero esta cura es necesaria, ya que dicho dolor te acerca a los demás. Es generador de comprensión, empatía y un entendimiento más profundo de la propia existencia del ser humano.

En estas circunstancias puede suceder que entremos en zona peligrosa: experimentar lo que me atrevería a llamar “la habitación oscura debajo del infierno”. Esta es una situación de auténtica desesperación, producida por cualquier acontecimiento enormemente grave o que sin serlo, lo veamos como tal. Es la noche oscura del alma, donde nuestro proyecto empresarial o de vida se viene abajo. Tocamos fondo. Mejor dicho, descubrimos que debajo del fondo, hay más. Es una zona de enorme peligro psicológico y emocional. Pero la buena noticia, es que cuando se sale, el coraje, el autoconocimiento y la autoestima han hecho que superemos esta etapa tan profunda. Salir de ella, te cambia, te transforma. Es una auténtica purificación de todo aquello que cargábamos, que nos ataba y que nos condicionaba. He visto personas que saliendo de esta zona, han cambiado de empresa o han montado la suya. O puede que tras una relación traumática, se hayan recompuesto con mayor fortaleza interior. Y será la memoria de este éxito, lo que dará fuerzas para levantarse de nuevo en futuras caídas.

Las continuas crisis que estamos viviendo, han puesto a muchas personas en esta situación. Unas veces por la enorme incertidumbre, otras por el fallecimiento de seres queridos o sencillamente porque nuestra alma llega a un hartazgo de vivir como lo hacemos. “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién sabe?” decía un famoso cuento para evidenciar cómo nuestro juicio muchas veces nos hace vivir dramas que por otro lado, son las semilla de una época de plenitud.

Y llegamos a la recuperación. Volvemos a tener éxito. Nos hemos recompuesto, con un mayor bagaje, conocimiento y experiencia. Pero la arrogancia de la primera etapa, ha sido sustituida por la “humildad”, pues se es consciente que con la misma facilidad que se sube, se puede caer. Ésta o se aprende de familia, con una buena educación, o la propia Vida es maestra en su aprendizaje.  Al igual que ha crecido la confianza en nosotros mismos por haber superado las dificultades, también somos más sabios para entender que hay elementos que no controlamos y que pueden cambiar nuestro rumbo de forma drástica. Es aquí donde las amistades, el entorno y nuestras relaciones son más auténticas, más profundas, buscando seguramente primero el “quién” y luego “el qué”.

Y finalmente, volveremos a bajar en esta subida y bajada constante que es la Vida. Pero esta bajada se caracterizará por un elemento: “la esperanza”. Si bien la memoria, a veces nos sabotea el disfrute del presente, en este caso, el recuerdo de haber superado anteriores situaciones, hace que tengamos fe en que con paciencia, persistencia y esfuerzo podemos salir de cualquier bache que se nos presente.

En resumen, arrogancia, desesperación, humildad y esperanza. Cuatro etapas que puede que recorramos de una u otra forma. A una u otra edad. Lo bueno de quien antes empieza a vivirlas, es que disfrutará más de cada instante y a la vez, podrá ayudar a más personas a irlas superando. Lo cual, también da sentido a nuestras vidas.