¿Es posible que estemos restringiendo los beneficios del Mindfulness a un momento de aislamiento con nosotros mismos, en lugar de descubrir el workfulness, el sexfulness o el sportfulness? En ocasiones la paz se genera por afrontar decisiones en lugar de crear espacios de aislamiento placentero.

No soy un experto en Mindfulness (con lo cual aceptaré cualquier crítica), y reconozco todos sus beneficios, así como valorar que se haya extendido su demanda y su incorporación al día a día en la vida de muchas personas. Sin embargo, sin ánimo de provocar, ¿tal vez nos estemos perdiendo el resto de actividades que generan “fulness”?

Veo en mi día a día a personas que buscan ese ratito para experimentar y recoger los frutos del mindfulness, (a veces con foto incluida en alguna red social…), donde a través de la respiración y poner a esa mente loca en presente y en paz, evitan que viaje constantemente entre el pasado y el futuro, que compare y nos compare, que nos estrese y nos angustie, generando un desasosiego que en ocasiones no percibimos puesto que nos hemos acostumbrado a ello. Y luego llegan los consiguientes problemas de salud física y mental. Así vive una gran mayoría de las personas.

Sin embargo, sin dudar de esos beneficios, ¿tal vez estaremos utilizándolo como vía de escape para evitar afrontar conflictos que nos alejan de nuestra paz interior? ¿Puede que encapsulando la experiencia de “presente” a un ritual en un momento y una hora determinadas, no seamos capaces de ser conscientes y estar en presente en el resto de dimensiones de la vida? ¿Conocen el workfulness, el sexfulness o el sportfulness?

Porque he visto muchas incongruencias. Hay personas con asuntos pendientes que resolver (conflictos, decisiones a tomar, falta de autoestima, etc.), pero se apuntan a un curso de mindfulness buscando “desconectar”. ¿Por qué no buscan “conectar” en esos ámbitos de la vida? Porque en lugar de “aislarme” y de generar espacios puntuales de plenitud, tal vez tendría que afrontar esos problemas, teniendo una conversación incómoda o tomando decisiones vitales de una vez por todas, que en cambio sí le darían paz y plenitud.

Hoy andaba por una ciudad extranjera y fui consciente de la “beauty-fulness”, esa sensación que genera observar algo bello por primera vez, donde el entorno cautiva tu atención, y no eres capaz de poner palabras, porque las palabras comparan, limitan, concretan y hay experiencias que son más grandes y bellas que cualquier adjetivo que elijamos.

Es lo mismo que el sexfulness o el sportfulnes, por elegir dos dimensiones en la vida de toda persona. Cuando hay disfrute, hay presente, desaparece el observador, el ego, las palabras y sólo existe la acción, el “es” y el momento.

 

¿Y EL WORKFULNESS?

¿Es posible conseguir esa sensación de presente y disfrute en un espacio tan complejo como el trabajo? Aquí tenemos que recurrir al concepto “fluir” definido por Mihaly Csikszentmihalyi, «ese estado en el que uno se siente completamente absorto en una actividad que proporciona placer y disfrute«. Y curiosamente el ámbito laboral es donde, según sus investigaciones, era más frecuente encontrarlo.

¿Cómo lo hacemos? ¿Cómo generamos esa implicación total en la actividad que estemos haciendo para no importarnos nada y tener una concentración absoluta?

Creo que para empezar habría que dividir a las personas en dos grupos: los que tienen una vocación y los que no la tienen (o todavía no la han descubierto). Para los que la tienen, si su trabajo es la expresión de su vocación (médico, profesor, etc.) tienen gran probabilidad de encontrar esa experiencia de disfrute. Ahora bien, también dependerá del ecosistema que le rodee: compañeros, ambiente, justicia, recursos, etc. Es encontrar el Ikigai (palabra japonesa que se define como el “arte de vivir”, siendo la confluencia entre “lo que amas”, “lo que eres bueno”, “lo que necesita el mundo” y “por lo que te pueden pagar”) en tu lugar de trabajo.

Ahora bien ¿qué sucede con todas esas personas que no tienen una vocación y simplemente tienen un trabajo, una tarea y que en ocasiones tiene pinta de no motivar en demasía (reponedor, limpiador, etc.) o simplemente tenerlo como sustento de vida? ¿Podemos encontrar disfrute en ello?

Me atrevería a proponer una serie de pasos para al menos, aumentar las probabilidades de encontrarlo:

 

1º Encuentra un propósito en esa actividad

El objetivo final, el propósito, da sentido a tu trabajo. Tal vez sea rutinario, aburrido, tedioso y no te desarrolla profesionalmente. Pero esta tarea, insertada en algo más grande que tú mismo, que tu micromundo, puede ser motivo de orgullo y de autoestima. Recuerdo a un director de hotel, cómo hacía sentir importante a cada persona en sus tareas más triviales, haciéndoles conscientes del valor que ello aportaba a todo el engranaje de dicho hotel y de la propia satisfacción del cliente. Él les ayudó a dar sentido a cada tarea.

 

2º Arregla los agujeros de tu “cubo de motivación”

En el primer día de un nuevo trabajo, es probable que comencemos motivados e ilusionados, pero a los pocos meses, el “cubo de nuestra motivación” tendrá algunos “agujeros” por los que se esté filtrando dicha motivación inicial: horas excesivas, faltas de respeto, ausencia de comunicación, baja participación, pocos recursos, etc. ¿Qué hacer? Es cuando debemos activar nuestro liderazgo personal, una estrategia e implementar nuevas formas de trabajar.

Si me permiten generalizar (si no lo hiciéramos no podríamos hablar de nada), existen tres actitudes ante la frustración: la superación, la aceptación o la resignación. Esta última es derrota. La aceptación es inteligencia, porque supone tomar conciencia de no poder cambiar dicha realidad y el resultado es paz interior. Pero la superación es activar ese gen de lucha, que ante una dificultad busca nuevos caminos, nuevas soluciones. Como en su momento pude escuchar a Jaime Lerner (arquitecto transformador de la ciudad de Curitiva-Brasil), “cuando no hay recursos, surge la imaginación”.

 

“Dos caminos se bifurcaban en un bosque

y yo tomé el menos transitado.

Y eso hizo la diferencia»

Robert Frost

 

Y si me permiten un poco de humor, mi aportación a dicha frase sería:

“Dos caminos se bifurcaban en un bosque

y yo tomé el machete e hice mi propio camino.

Y eso hizo la diferencia”

Juan Ferrer

Pero para esto hay que tomar decisiones, arriesgarse, equivocarse y volcar toda tu energía, pasión y recursos en esa apuesta personal. Eso genera workfulness. A veces lo puedes pasar mal, pero sientes que estás en el camino. No hay nada peor que una reflexión que me persiguió durante una etapa de mi vida:

“Lo duro en la vida no es que te vaya mal,

sino que te vaya bien en lo que no te gusta”.

 

3º Visualiza retos y tus logros

En su libro “Fluir”, Mihaly compartía la manera en la que un trabajador en una fábrica de coches en EEUU, consiguió esa plenitud, ese workfulness en el trabajo. Su  tarea era extremadamente rutinaria, pero día a día definía retos concretos, apostando algo con sus compañeros de que lo lograría y volcándose plenamente en conseguirlo. El acabar el reto, ver su logro y recibir su recompensa, le hacía disfrutar cada día de su trabajo, aunque no fuera una vocación. Pero él lo había convertido en una experiencia de “workfulness”.

Por lo tanto, preguntémonos, como hizo Walt Disney, “si lo que estamos haciendo hoy, nos lleva al lugar donde queremos estar mañana”. Porque si no, ocurrirá como Alicia en el País de las Maravillas: “Si no sabes a donde quieres ir, puedes acabar en cualquier sitio”.

¿Dónde estás?

Aquí

¿Qué hora es?

Ahora

¿Qué eres?

Este momento

«El Guerrero Pacífico»

Autor: Dan Millman

 

En resumen, sigamos practicando el mindfulness, ese momento de respiración, meditación y estado de presente, pero indaguemos si esa experiencia de presente, se puede encontrar, no sólo en la quietud, sino también en la acción, en cada momento del día a día, al estar en nosotros mismos, siendo coherentes y sobre todo habiendo generado un entorno o las actitudes para disfrutar, unas veces desde el logro, y otras desde la aceptación en cada momento.

 

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