Quiero ser infeliz

Quiero ser infeliz

He conocido personas que aman estar infelices. Su zona de confort es el “estiércol emocional” que ya llega a no olerles con el paso del tiempo. Insatisfacción continua, victimismo, critica destructiva hacia los demás y hacia sí mismos, envidias, queja constante, etc. ¿Y qué hacen? Nada, o tal vez sí, seleccionar la información, los hechos y los acontecimientos para justificar su estado.

Aquí cabrían dos teorías: la primera, “mira el vaso medio lleno en lugar de medio vacío” (¿y si mandamos al carajo el vaso… o sea la comparación?) y la segunda, “aprende a vivir en el presente”. Para muchos esto es harto difícil porque su mente entra en la trampa de la comparación, y por otro lado no estamos entrenados para vivir en el presente (permítanme hacerles sólo una pregunta: ¿cuantas tonterías pensamos al día sobre nosotros mismos, el pasado, el futuro y sobre los demás?). 

Trabajé con una persona para que por un día fuera feliz. Ello suponía observarse y no reaccionar antes los estímulos externos de manera automática. Tenia que no ser reactiva. Y lo consiguió. Decidió no reaccionar ante los comentarios negativos de su jefe, las críticas o puyas de algunas de sus compañeras. Incluso ante el mal humor de dos clientes los supo llevar a un arreglo pacífico. En definitiva, ella gestionó el estado emocional de su día. A la noche la llamé, y fue una alegría el escuchar como había fabricado su felicidad, al no dejarse atrapar por el exterior. Lo triste vino al final, cuando le pregunté: “Bueno, mañana más ¿no?”. Su reacción fue inmediata: “¡Ni de coña! Mañana se van a enterar”. ¡Dios! ¡Esta mujer amaba ser infeliz! 

Y para ilustrar esta reflexión, les dejo un cuento que leí recientemente: 

En una cantera del Medio Oeste, todos los trabajadores tenían por costumbre reunirse para comer juntos al toque del silbato que les anunciaba el descanso del mediodía. Regularmente, Sam se quejaba en cuanto había desenvuelto su bocadillo. 

¡Caramba!”, exclamaba. “¡Otra vez emparedados con mantequilla de cacahuete y mermelada!. ¡Detesto la mantequilla de cacahuete y la mermelada!”. 

Día tras día, Sam se lamentaba de sus emparedados. Las semanas pasaban y su actitud empezaba a molestar a los demás obreros. Finalmente, uno de ellos le dijo: 

“Pero bueno Sam, si detestas hasta ese punto la mantequilla de cacahuete y la mermelada, ¿por qué no le pides otra cosa a tu mujer?”. 

¿Mi mujer?”, replico Sam. “No estoy casado. Soy yo el que prepara los emparedados”. 

Para ser feliz hay que ser valiente y responder y actuar ante estas preguntas:

– ¿Que cosas tengo que hacer?

– ¿Que cosas debo dejar de hacer?

– ¿A quién tengo que dejar de ver o limitar su roce?

– ¿Qué tipo de gente tengo que frecuentar? 

Lo difícil no es responderlas. Sino más bien, ser coherente y llevarlas a cabo, ¿no?

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